La verdad es que no quería matarse, pero la cuerda resistió y sus dedos apenas rozaron el suelo.




Fernando Castellano Ardiles


Hasta hace algunos años sufría cada vez que alguien me preguntaba: ¿de dónde eres? Esa pregunta, tan simple para la mayoría, tenía diferente respuesta dependiendo de quién preguntaba.
¿De dónde soy? ¿Dónde nací? ¿Dónde vivo? ¿De dónde provengo?.. Un día llegué a la conclusión de que la mejor respuesta sería: latinoamericano, pero eso daba pie a otras preguntas, con sus odiosas explicaciones.
Veamos; mi abuelo paterno, descendiente de inmigrantes italianos —de ahí que mi apellido, Castellano, se pronuncie: Castelano— y franceses. Mi abuela paterna, hasta donde yo sé, de inmigrantes españoles. Ambos nacieron en Lima, Perú.
Mi abuelo materno, chileno: espigado, moreno, canas prematuras. Mi abuela, descendiente de ingleses y yugoslavos. El segundo apellido de mi madre tiene un acento diacrítico que no existe en nuestro idioma.
Mi padre nació en Lima, Perú. Mi madre, en Chuquicamata, Chile. Yo nací en Lima. Si nos remitimos al lugar de nacimiento, soy peruano, aunque no había cumplido cuatro años cuando ya vivía en México; donde he residido casi toda mi vida.
Si nos remitimos a las nacionalidades, tengo tres: peruana, chilena, mexicana (podría optar por otras, como la croata, pero no pretendo coleccionar nacionalidades; además, no conozco el idioma ni tengo intención de vivir allá).
Para los que piensen que soy mexicano porque hablo como mexicano, estudié la historia de México y demases, que se lo digan a los compañeros que tuve en el colegio, quienes se empeñaron en hacerme sentir lo que siempre fui para ellos: un extranjero.
Para los que piensen que soy peruano, que se lo digan a mis primos que, cada vez que viajábamos para visitarlos, se referían a nosotros como: los mexicanos.
Es extraño sentir que no perteneces a ningún lugar y que, al mismo tiempo, te has ganado el derecho de estar en cualquier parte. Estás acostumbrado a que te vean como a un viajero, como las plantas de los pantanos, de raíces flotantes. Y debe existir en mi mente una especie de programación, ya que de la ciudad en la que vivo, San Luis Potosí, y en la que he permanecido más tiempo que en ninguna otra, ni siquiera conozco el nombre de las calles del centro y me pierdo con facilidad si transito por zonas que no frecuento.
El sentimiento de pertenencia, patriotismo, identidad, son ilusiones soportadas por la certeza de un origen común. Pero la posesión real es inexistente e imposible; en el caso más extremo, efímera. ¿Qué es nuestro y qué podemos hacer con lo que nos pertenece? Ningún ciudadano de ningún país del mundo es realmente dueño de nada. Solo de la ilusión... Lo extraño es que esa ilusión suele ser más fuerte que cualquier certeza o realidad. Los hombres somos dueños de lo mismo que tenemos el día que nacemos, y a veces, ni siquiera de eso.
¿Saben de qué sí somos dueños? De nuestra memoria, voluntad, intenciones, acciones... La primera puede, o no, estar condicionada a nuestra salud física, y las demás, a una infinidad de factores externos que, en mayor o menor medida, escapan de nuestro control, pero no por eso dejan de pertenecernos. Así es, o parece ser y, a todo esto ¿qué opinan ustedes?





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