La vida, ese desaforado desequilibrio que avanza hacia el único estado de equilibrio posible: la muerte.





Me enamoré de la literatura en las largas siestas silenciosas de mi niñez, en un pueblo de casas bajas y cielos desmesurados, allá en la provincia de Buenos Aires. Escribir no entró en mis planes hasta que, por puro azar, descubrí que existía un mundo denominado «foros literarios virtuales». Fue entonces que nació Esther González (seudónimo poco original, es cierto) y, además de leer, comencé a escribir. Así aprendí que las diferencias entre las Ciencias Exactas y Naturales —mi vocación más profunda— y la Literatura no son tan grandes: ambas tratan de cómo crear universos imposibles pero verosímiles. 
En setiembre de 2007 participé de la creación del foro literario Prosófagos y, durante varios años, de su gestión. Prosófagos siempre fue —desde su primer día— otro universo imposible (aunque real), y dentro de sus imposibilidades se cuenta la de que iniciáramos una revista, Prosofagia, capaz de mantenerse y crecer durante dos años y medio en condiciones en las que el fracaso y/o su rápida desaparición parecía ser un futuro seguro.
Mi blog sufre de recurrentes y extensos períodos de inactividad, pero es casi el único sitio en donde se pueden leer algunos de mis relatos. Artículos, en referencia a literatura, en Prosofagia. Novela, no he escrito ninguna.







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